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Las máscaras

Aquí estoy. Lo juro.

Bueno, por lo menos pensé que lo estaba.

Esto es muy pesado, ¿sabes? Empezó siendo una, no sé ni por qué motivo. Era removible, claro, pero nunca la removí; siempre fue más cómodo traerla encima. Era una solución simple y fácil para no tener que estar tan descubierto. Lo que no sabía era que el mal es degenerativo.

Empezaron a ser más, una sobre la otra, porque la primera ya no era suficiente, la primera no me cubría lo suficiente, todavía se podía ver a través de ella. La cuarta, quinta, sexta… no sé tampoco cómo se crearon ni cómo diferenciarlas. Me cubrían, pero no lo suficiente. Necesitaba más.

Luego de haber puesto encima no sé cuántas, luego de que ya no sabía por dónde mirar, descubrí mi enorme capacidad por intercambiarlas. Y así las fui intentando clasificar. Yo, el que está aquí, no sé de las demás, pero tenía bien clasificadas a la mías. El que está allá, debajo de todo esto, el que asoma de vez en cuando un ojo preocupado, él sí sabía cuál es cuál, y cuándo usar cuál, cuándo dejar caer unas pocas, cuándo volver a ponerlas, cuándo crear más, cuándo eliminar otras. Pero creo que a todos los que estamos aquí, incluyéndome, se nos pasó la mano.

Cada una de las que fueron creadas empezaron a querer cubrirse: resulta que ellas también sentían y tampoco querían ser vistas. Entonces empezaron también a taparse, ellas querían sus propias. Crearon más y las encimaron cada una como iban saliendo, en ningún orden específico, y el que está abajo empezó a perder el control sobre nosotros.

¿Saben? Yo creo que el error más grande que pudo haber hecho el que está allá abajo es haberlas… habernos hecho de lodo. Entiendo su lógica: algo muy moldeable y fácil de remover, eso sí. Pero no es manipulable en grandes cantidades. ¿Me escuchas? No es manipulable.

¡NO LO ES!

Supongo que ahora es obvio; cuando todo empezó no lo fue tanto. Tanto lodo no sólo cubre la cara. El lodo, cuando fresco, cae. No se queda en un solo lugar, estático. Tal vez pensaste… pensamos que se iba a secar rápido, pero no fue así ¿verdad? Gracias a ti todos pensamos lo mismo, y el lodo menos se secó. Ya después no sólo lo teníamos en la cara, se cayó de la cara al cuello y del cuello al pecho, recorrió el estómago; de la frente al cabello y hasta la nuca; y echándole al montón, claro que iba a caer a la espalda. Las manos que le dieron… nos dieron forma ya no podían hacer ni una sola figura: de dedos a codos, de codos a hombros, estaba ya todo atascado de lodo.

Cuando se dio… nos dimos cuenta, quisimos deshacernoscada uno de sus propias. Desde abajo vino una enorme sacudida y cayeron pocas, pero la cantidad que teníamos encima era simplemente irremovible.

Pronto el peso nos ganó. Perdimos el equilibrio. Caímos. Ahí, en el piso, y gracias a tan ligera caída, entendimos que iba a ser imposible quitarnos a todas de encima. El lodo nos llegaba a los tobillos y, sin poder ya controlarnos mucho, nos hunimos un poco en las que habían caído con el tiempo y sacudida.

¿Y ahora qué hacemos? Ya no me puedo quitar las que yo creé, ellas crearon y tampoco pueden quitarlas. El que está abajo se retuerce para tratar de quitarlo todo, pero creo jamás se dio cuenta de que el lodo sigue fresco.

Los demás pensamos que ya no queda más por hacer que dejar retorcerse y respirar, esperar a que el lodo se seque.

Yo, el que está aquí. me asomo y me asusto. Creo que esto va a hacer que nos descubran.

Pancho Roballaves

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Me metí a bañar con un cigarro en la boca.

Regresé del lugar al que nunca tuve que haber ido. Decidí que tenía que meterme a bañar. Tomé un cigarro de un cajón y lo encendí. Lo dejé sobre el lavabo mientras me quitaba la ropa y abría la regadera. Por fin, con el agua suficientemente tibia, lo tomé, me lo puse en la boca y me metí a bañar.

Olvidé agregar que, mientras esperé a que el agua se calentase, reproduje un disco para amenizar mi baño.

Y ahí permanecí, bajo el flujo del agua, desperdiciándola, chocando las gotas en mi espalda, todo con mi cigarro en la boca.

Mientras no pensaba en nada y sentía el agua impactar mi piel, observaba los sensuales movimientos del humo cortejando al vapor de mi ducha, fusionándose, ajenos en el acto de hacerse uno solo. Chopin amenizaba su erótica danza tocando un piano melancólico. No sé por qué me hice la mala costumbre de escuchar esta música mientras me baño. No sé por qué me hice la mala costumbre de prender un cigarro antes de bañarme.

Por fin, las últimas cenizas se ahogaron junto con la mugre de mi alma en el agua que iba hacia el desagüe y pude empezar de nuevo a pensar. Tiré la colilla por la coladera. Usé el jabón que más daña mi piel. ¿Qué no lo hacen todos? Usé el shampoo que me hace caer el cabello. ¿Qué no lo hacen todos? Me sequé con una toalla blanca y suave, casi con lujuria. Me hice estas malas costumbres. Y parece que siempre es lunes.

Me metí a bañar con un cigarro en la boca y ni siquiera fumo.

Me vestí y seguí con mis planes, siempre los mismos.

Chávez

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