Aguas vemos, en el fondo no sabemos

Estábamos en el baile de las formas, en la danza de lo que la lluvia dejó. Caricias y apretones nos dábamos el uno al otro, nos hacíamos y deshacíamos en la vasta viscosidad que nos rodeaba. Y mientras en eso nos encontrábamos, recordé la bella manera en que conocí de manera consciente el agua. 

Mis padres dicen que desde que era pequeño me encantaban los baños. Si me apartaban de mi tina me ponía a llorar como, bueno, como lo que era, como un bebé. Recuerdo vagamente que, pocos años después, mi padre hacía como si de verdad lo estuviera ayudando a lavar el auto, mientras en realidad lo único que yo hacía era mojarme la cabeza con la manguera para quitarme el tremendo calor de verano.

Después, venía la alberca inflable con apenas cincuenta centímetros de altura y yo nadando dentro de ella. Duraba años bajo el agua, creo que debí haber nacido pez. ¿Los peces toman agua? Tomaba siempre de cinco a seis vasos al día, pero no de los vasos pequeños, sino de aquellos que dan en el cine cuando vas a ver esas películas que tanto aburren. Preferiría estar en una alberca, con tanto calor que hace ahí dentro.

No obstante, mi amor por el agua (que ya existía desde mucho tiempo atrás) lo descubrí la primera vez que fui al mar. Catorce años tenía yo. La arena no sé cuántos años tenía, pero parecía vieja por su fragilidad y poca dureza. El mar se veía joven, ágil e hiperactivo, dando de golpes a todos, aventando a los poco determinados. Él y yo nos entendimos muy bien. Yo esquivaba sus golpes y arremetía con fuerza a patadas y manotazos. Regresé año tras año a visitar a la vieja arena y al jovial mar. Gané dinero como fuera para vivir cerca de la costa. Mientras tanto, hice lo que pude para construir una alberca dentro de mi casa para llegar todas las tardes a darme un chapuzón. Fuera como fuese, yo tenía que estar siempre cerca del agua.

Qué recuerdos… Ojalá pudiera sentir una vez más aquella húmeda arena marcando las fauces del ancho océano; si pudiera mezclar mi piel con la primer ola que me alcance y de ahí vaciar mi humanidad entre sus olas.

Pero aquí hay olas, aquí hay arena. Y hay un baile que desconozco, le pierdo el ritmo. Él me acaricia brutalmente, luchamos desmesuradamente a patadas y manotazos, tomamos agua, como siempre me ha gustado. Pero pierdo el ritmo, y él besa prolongadamente mi cuello con sus manos y me lleva a donde alguna vez las primeras gotas de lluvia estuvieron. Abajo es más difícil bailar, y poco a poco suelto el cuerpo, aceptando mi poca habilidad para seguir los pasos. Y tomo agua, y ella se mete, y la respiro. Y ella me invade, abusa del amor que le tengo. Y me llena, y me abraza, me aprieta, me estorba. Por fin me suelta, ya no queda más por qué tomarme, y ahora soy uno con el agua.

Siempre me ha encantado el agua. Tanto que por ella morí.

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¿Y si nos hacemos arte?

Quisiera que fueses el arte

que descubre todos mis miedos

 

Quisiera que fueses un lienzo

para pintarte con mis dedos

 

Quisiera crearte en pintura

para admirarte días enteros.

 

Quisiera ponerte en un marco

y tenerte atrapada en lo eterno

 

Quisera que fueses el cuadro

que está clavado en mi techo.

 

Yo quisiera tener algo que escribir.

No tengo por qué y, porque lo quiero, lo estoy haciendo.

No sé ni cómo, pero, como lo hago, comienzo a saber.

Prefiero timarme a mí mismo con palabras torcidas, 

Me engaño: cumplo un delirio de muchos en uno solo.

No quiero pero prefiero hacerlo, porque el por qué no lo sé; pronto lo sabré.

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Me metí a bañar con un cigarro en la boca.

Regresé del lugar al que nunca tuve que haber ido. Decidí que tenía que meterme a bañar. Tomé un cigarro de un cajón y lo encendí. Lo dejé sobre el lavabo mientras me quitaba la ropa y abría la regadera. Por fin, con el agua suficientemente tibia, lo tomé, me lo puse en la boca y me metí a bañar.

Olvidé agregar que, mientras esperé a que el agua se calentase, reproduje un disco para amenizar mi baño.

Y ahí permanecí, bajo el flujo del agua, desperdiciándola, chocando las gotas en mi espalda, todo con mi cigarro en la boca.

Mientras no pensaba en nada y sentía el agua impactar mi piel, observaba los sensuales movimientos del humo cortejando al vapor de mi ducha, fusionándose, ajenos en el acto de hacerse uno solo. Chopin amenizaba su erótica danza tocando un piano melancólico. No sé por qué me hice la mala costumbre de escuchar esta música mientras me baño. No sé por qué me hice la mala costumbre de prender un cigarro antes de bañarme.

Por fin, las últimas cenizas se ahogaron junto con la mugre de mi alma en el agua que iba hacia el desagüe y pude empezar de nuevo a pensar. Tiré la colilla por la coladera. Usé el jabón que más daña mi piel. ¿Qué no lo hacen todos? Usé el shampoo que me hace caer el cabello. ¿Qué no lo hacen todos? Me sequé con una toalla blanca y suave, casi con lujuria. Me hice estas malas costumbres. Y parece que siempre es lunes.

Me metí a bañar con un cigarro en la boca y ni siquiera fumo.

Me vestí y seguí con mis planes, siempre los mismos.

Chávez

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Atardeceres

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A veces, las nubes lo ayudan,

su luz se pierde, se convierte.

y yo colecciono esos secretos

que el sol va dejando.

Agua de noche

Baja todas las mañanas (a las 2 a.m. para ser exactos) a tomar agua.

Abre el congelador, saca un hielo, gira, da dos pasos hacia la vitrina que contiene los vasos y saca uno —de vidrio—. Pone el hielo en el vaso. Vuelve a girar y saca dos hielos más del congelador, que dejó abierto. Se sirve agua de la jarra que está en la barra desayunadora, a cuatro pasos del lado derecho del congelador.

Espera unos veinte segundos a que el agua se refresque un poco, a veces la agita para acelerar el proceso. Da un trago y se dedica a sentir el agua fresca recorrer su garganta hasta el esófago, donde pierde la sensación.

Se queda admirando su cocina, amenizada con una luz amarillenta. Admira también el silencio. Ojalá siempre estuviera así, se dice. Hoy hay luna llena, así que cree que no habrá mayor problema al regresar a su cuarto en el segundo piso.

Toma valor y se dirige a las escaleras y, en el pasillo antes de ellas, voltea a la derecha, donde se encuentra su sala. Nunca hay nadie, pero él siempre está esperando encontrar a alguien ahí sentado.

Sube las escaleras. Lo empiezan a seguir. Sube al mismo ritmo con el que empezó para aparentar que no tiene miedo. Quien lo sigue se acerca. Sigue su paso. En cualquier momento le tomará el pie y lo tumbará de la escalera, fracturándole un tobillo, o algún otro hueso. Él sigue caminando; no le jala los pies. Se acerca todavía más. Le apretará el cuello para asfixiarlo a medio subir. En cualquier momento le tocará el cuello. Sigue su paso. Nadie lo toca. Dos escalones más. Los sube. Se pausa y se ríe de su miedo. Lo toman por el tobillo y lo jalan escaleras hacia abajo. Trata de evitar que lo arrastren hasta la sala sosteniéndose del barandal, pero no sirve de nada, se vence ante los jalones. Se golpea varias veces la cabeza contra los escalones, dejando pequeñas marcas de sangre en sus orillas.

Está mareado y no logra distinguir nada. El pie del que lo jalaron —el izquierdo— no lo siente, tal vez esté torcido. Lo sientan en el sillón más chico de su sala. Le piden que suba la vista. Algo o alguien se acerca con lentitud mecánica. Su rostro no toma forma, sino que brilla una tenue luz en el lugar donde debería de ir su nariz.

Olvidó apagarlo antes de dormirse. Estira la mano para apagarlo y se pregunta cómo llegó a su cama. Toma un sorbo de agua del vaso que subió consigo y que dejó al lado izquierdo de su cama. Tampoco recuerda cuándo ni cómo lo dejó ahí. Todavía está fresca. Siente el agua bajar a sus entrañas y comienza a sudar, como cada vez que toma agua. El foco lo estaba encandilando.

Prende el ventilador antes de dormirse y por fin apaga la luz que no había apagado.

 

 

 

 

 

Chávez.

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Conversación con nadie

Qué importante se vuelve el tiempo mientras uno crece. Parece que cada vez más nos va acechando su concepto esclavizante, hasta el grado de sentirse vaquero esquivando balas apuntadas a los pies, cual película del viejo oeste.
Presionado por un sentimiento de supervivencia a las exigencias del comienzo de una vida adulta, voy apretando las cuerdas tácitas que dividen mis actividades y me acostumbro a un ritmo que lo ajeno me ha impuesto.

Pauso todo. Camino al jardín y me dejo envolver por una noche tan nublada como mis propios pensamientos. Pareciera que mis pies son independientes de mi pensamiento, yo solo me dejo llevar por ellos.
Se frenan en la frontera donde el pasto y el pavimento se encuentran y los recuerdos invaden mi memoria. Camino un poco más y me dejo caer en el pasto, específicamente en una zona donde el alumbrado me da la libertad de ver el cielo nublado sin encandilarme con sus amarillas luces.

Uno debió de haberse quedado en ese momento borroso de la memoria en el que recibió su primer set de carros por parte de su tío, todos rojos, todos de policía, que estaban dentro de una caja gris de tenis Washington.
Uno debió haberse quedado con las manos sobre la banca de cemento en la esquina de la casa de Diego, viendo a detalle las llantas de mis carritos rodar sobre la misma banca. Qué era el tiempo sino el largo momento que duraba mi estadía en la calle hasta que mi mamá me gritara que me metiera a la casa a cenar y dormir.

Uno debió de haberse quedado.

O tal vez debí haberme quedado en ese momento en el que aventaba un balón al cielo, creyendo que los dos pisos de mi casa eran la medida que tenía que superar para que se perdiera en la estratosfera.
O en el momento en el que hice mis primeras dominadas, o cuando metí mi primer gol en la calle, o cuando di mi primer pase de primera para que Roberto le metiera gol al Nene, o cuando hice más de diez dominadas, o cuando hice las porterías de la cancha de siete por cinco del baldío frente a mi casa, o cuando cortamos el pasto para hacer una cancha más grande, o cuando jugaba con el Cholo, el Feyo, el Nene, el Trivilín, Misraím, Pollo, y demás, o cuando me puse de portero por primera vez, o cuando me aventé para salvar el gol por el podríamos haber perdido para después ganar gracias a Roberto, o cuando dominé el balón más de 100 veces, o cuando hice mi primer túnel, o cuando hice mi primera vuelta al mundo, o cuando le hice 5 túneles a Rodrigo después de haber recibido 4 en el transcurso de 3 horas o más, o cuando jugábamos en el pasto donde justo ahora estoy acostado, o en el pasto de las canchas del Viejo Continente, o en las de Verde Valle, o en las de la colonia, o en la calle, o en la escuela, o en mi cuarto, o en mis sueños.

Observo el cielo. Extrañamente se disiparon las nubes. No hay muchas estrellas. Martillean de dentro hacia fuera mi cabeza, no construyendo algo, sino destruyendo mis recuerdos. El pasto se clava en mi espalda. Me levanto y el aire me refresca y mi pulso casi hace explotar mi cabeza. Regresa el mareo, las cuerdas tácitas aprietan mi garganta. Tendré que irme.
¿Y si me quedo? ¿Y si me olvido? ¿Y si el tiempo me secuestra? ¿Y si me regreso a la banqueta donde lloré mi retirada?

Se me acabó el tiempo. Mi llanto será buen alimento para la tierra.

Pareciera que todos vivimos de sueños frustrados. Pero, yo no quiero vivir de sueños frustrados.

Qué importante se vuelve el concepto del tiempo mientras uno crece. Aprieta cuellos con cuerdas tácitas. Un día de estos el tiempo me asfixiará.

El arte de una bella escritura

Mis ojos captan imágenes.

Imágenes que son símbolos.

Símbolos que son letras.

Letras que forman palabras.

Palabras que forman párrafos.

Párrafos que forman libros.

Libros que forman personas.

Personas que forman vidas. 

Vidas que forman vidas.

Vidas sobran, vidas faltan.

Vidas que forman escritos.

Escritos que forman palabras.

Palabras que forman ideas.

Ideas que forman libros.

Libros que son escritos.

Escritos que no se entienden.

           Una bella escritura, eso es lo que quería.

Calle y cielo

Mirándote a ti y a la luna en mi periferia.
Uniendo puntos en el cielo con una infinidad de puntos más.
Así disfruto de mi noche en la calle.
Sentado, contemplando el vacío que dejan los autos
Disfrutando el silencio de su descanso
Y mirándote a ti en la periferia.
Sólo me estorban las intencionalmente espaciadas luces
Que protegen al peatón que no camina por las banquetas.
Me acuesto en mi cama de asfalto y observo cómo
Las pocas estrellas que se ven desde esta calle te dibujan
Y
Me río
De cómo la luna quiere llamar mi atención
Para que deje de unir los puntos que unen tu cuerpo
Y la mire a ella, brillante y recelosa.

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