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Apuntes mentales/Mezclas

Escribir post. Página abierta. Página en blanco, mente llena, mano inmóvil.

 

Tengo mucho que no escribo. Pienso que escribo, imagino que escribo, pienso que imagino que escribo, escribo que pienso que imagino que escribo, y eso ya es el acto actual en acción. Pero tú lees, y yo escribo. Y tú lees que yo escribo que tú lees mientras escribo, y sólo le saco a ir al punto. Escribo catarsis. escribo en catarsis. Necesito sacarlo, salirme, acabarlo.

 

La música suena y ya hace mucho que no hacía headbanging (pausa para sentir el escalofrío, la llegada de la cima y el descenso a putas perras patadas y putazos en pedregosa y esto ya no es repetitivo). Igual, el eco suena y hace mucho que estoy en este estado sedentario, con sed de algo que acabe en entario. ¿Quién eres? ¿Por qué lees esto? ¿Crees que le vas a encontrar algún sentido al sinsentido? Yo, el que escribe, no sabe ni qué escribe, y aún así escribe, como si quisiera saberlo. Si tú no sabes, yo menos. O al revés. Y tú sigues buscando, y yo también.

 

Te leí. A ti. O bueno, pretendí que te leía, pero no lo hice. Pasé mis ojos sobre el papel virtual de tus escritos y me dio flojera leerte. Porque vas a ser famoso, por eso. Porque estás en la onda. Porque tienes mentalidad New Age, hipster, pero de ése que no es hipster. Vamos, porque sigues la moda. Y la moda quiere más moda, y tú no estás de moda, pero la sigues, y eso te hará famosa. Y tú, lector, sigues leyendo, en redundancia.

 

¿Y si el estilo ya se acabó? ¿Y si ya no hay nada que agregarle? Entonces esto ya se acabó desde hace mucho. ¿Y aquí qué sigue? ¿Releer al infinito? Yo que le quiero ofrecer y yo que no lo hago, y que no sé cómo y yo que soy problema, y yo que los genero. Está cabrón, we. Estás cabrón, we.

 

¿Porqué sigues leyendo? ¿Por qué esperas que esto acabe? Y si no acaba, y si sigo enredando lo que ya enredé; y si enredo mis enredos con otros que ahorita me haga. Eso fue pregunta o afirmación. ¿Y esto?

 

Ya no leas. Y haz como que no lo hiciste. Sobre todo este texto. Mira, te ayudo.

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Un día fui lo que nunca seré hoy, ni mañana.

Ese día fui de todo. Ese día no faltó un querer ser. Qué mal que en el futuro uno acabe siendo nada en absoluto, sobre todo por haber sido tantas cosas.

No es nostalgia, ni resentimiento, solo es recuerdo. Son juicios, comparaciones.

Un día fui

Acróstico de un nombre irrelevante

Great, now it’s time to write.
Erase then, ‘cause there’s nothing good on it
Read again, maybe there’s something of worth
Abysmal is the space, between worth and my attempt.
Random, just random literature
Do I even know what I do, what this is?
Oh, humbug! Just stop, and try again

Francly, It’s easy to write rubish
Reasoning out of what is rational.
Advancing through the tide of mediocrity,
Not a single logic thought
Crosses by my brain.
I insist on trivial things
Surrendering to stupidity.
Confusing is the way of this empty poem
Oriented towards poetry.

Cataracts of Words fall in my pen.
However, I don’t know what to write.
Averting my sadness and intentions,
Vague sentences come alive.
—Enunciate! —I scream, demanding myself beauty.
Zeal on my pen, I’m useless today.

Hypocritically stealing words I listen to,
Useful rubish it is.
“Routine” all words sound like.
Tragically, this takes me to misery.
Abusively, the words repeat,
Dictating the same wordiness.
Open the door, I want to get out.

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Mi cabeza me dice escribe y mis ojos dicen duerme. No tengo de qué escribir y no tengo sueño.

Dicciones contrarias

Unos Por Otros

La sombra del suelo parece extraña, pues ya todos saben que no deben interrumpir cuando lee. Voltea para correr a quien sea que se acerca, pero no puede acabar de girar la cabeza. Sus ojos alcanzan a percibir el reflejo de las velas sobre algo metálico y, por un instante, algo en su cuello molesta. 

Suceso excepcional. 

Qué destreza para atinar a la zona donde los nervios son más débiles; qué fuerza. Imposible ver a quien lo hizo, por lo menos hasta que su cabeza caiga al piso (esperando, claro, que caiga boca arriba). Son los ocho segundos más largos y más cortos de su vida. Sus últimos ocho segundos. ¿Ya no leerá más? El libro se rocía de rojo y la cabeza, dando vuelta, rocía el piso. Ejecutado quisiera correr de la escena, ahorcar al ejecutor, gritar. Pero ya no hay piernas ni brazos ni pulmones debajo de la quijada. La sangre se desparrama.

La cabeza cae viendo al cielo, por azar del destino. 4 segundos han pasado. Los ojos de ejecutor y ejecutado se cruzan. Ejecutado no identifica, ejecutor tiene tapada su cara. Tres segundos. Ejecutado exige explicación: ira, venganza, placer. Algo. No encuentra nada. Dos segundos. Los ojos del ejecutado suplican; piden salvación, redención. ¿Por qué? Ejecutor no tiene nada de eso, sólo observa el brillo desvanecer, pues el azote de Dios es cruel. Un segundo. Todo se torna negro. La nada infinita envuelve.

No. Dar respuestas no está en los planes del ejecutor. Nunca lo ha hecho, nunca lo hará.

El cachete limpio del ejecutado lame la katana y quita gran parte de la sangre en ella. Ejecutado toma los tres kilos del suelo. Sus hermanos tienen que verlo. Es hora de tomar el control.

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Típica historia de un encuentro entre sexos opuestos relatada por dos terceros.

Caminaban por la calle en direcciones contrarias. Los dos, bien vestidos, se iban mirando directo a los ojos. Ella soltó una pequeña y coqueta sonrisa. Él subió una ceja en tono donjuanesco. Al momento de cruzar el uno con el otro, chocaron un poco sus hombros, viéndose unos pocos segundos más. Ambos pensaron lo mismo.

Se meneaban por la calle dentro de bolsillos diferentes cada uno de ellos. Eran grandes y se daban a notar dentro. Alguna vez fueron construidos en la misma fábrica, y ahora, coincidencias del destino que el autor crea,  se cruzaban por la misma calle. Ellos no lo saben, pues son objetos sin vida. Yo, autor, les concedo vida: eran de diferente compañía, y sexo, pero se reconocieron por medio de una antena especial que yo, autor, creé para darle algo de esperanza a este escrito. Se sabían cercanos, la antena se los decía. Venían en diferentes direcciones y en algún momento se cruzarían. Ya estaban a pocas ondas. Chocaron los bolsillos y, quién sabe por qué obras del creador, se encontraron repentinamente dentro del mismo bolsillo, con las antenas vueltas locas.

Ahí, dentro del bolsillo, se conjugaron.

Direcciones eran dadas para llegar a alguna parte, por el motivo que fuera. Se detectaron y se sintieron de un humor convenenciero. Prepararon los movimientos necesarios para que otros movimientos pasaran desapercibidos. Activaron a los otros y a los necesarios justo al cruzarse. Orquestados de manera sublime: todo salió a la perfección. Ni uno ni otro se dio cuenta.

—Caíste —dijeron ambos.

El señor se encontraba sentado en la misma banca de siempre. Ya retirado, había tomado la costumbre de observar a la gente pasar mientras daba de comer a las palomas. Todos los días pasaban cosas diferentes, por más mínimas que fueran. Y él, el señor, lo veía todo, hasta lo que los transeúntes no veían de sí mismos. Había visto muchas cosas desde su banca, pero nunca una parecida a lo que vería esa soleada pero fresca mañana de primavera.

Vio a ambos a los lejos, lejos de sí mismos. El señor dedujo que por su aspecto, los dos se atraerían de alguna forma. Lo afirmó una vez que la mujer y el hombre cruzaron miradas. Él vio cómo ella preparaba sus movimientos y cómo el hombre hacía lo mismo. El señor se dio cuenta de cómo se observaban y cómo, si los pasados de los personajes hubieran sido otros, hubieran caído enamorados al instante. Pero ese no fue el caso. Así relató el señor los hechos: La mujer y el hombre se coquetearon sin ningún sentimiento de atracción seguido de un acercamiento cada vez más lento para darse tiempo de preparar a la perfección sus fechorías y de un momento a otro PUM chocan sus hombros y la mujer mete la mano al bolsillo del hombre y el hombre hace lo mismo pero en el bolsillo de la mujer y así la mano del hombre dejó caer una tarjeta con su nombre y su teléfono mientras la mano de la mujer sacaba con rapidez un celular y lo metía en su bolsillo justo cuando la mano del hombre salía y en el transcurso de todo el hecho los ojos de hombre y mujer nunca se soltaron y los cuerpos tampoco cambiaron de rumbo, todo en cuestión de segundos. Finalmente giran su cabeza para seguir cada uno con su camino, regresan la mirada para coquetearse por última vez, vuelven a girar la cabeza y regresan a sus pensamientos entre risas de victoria.

El señor ríe, pues ambos fueron unos excelentes actores. El gigoló pensó haber conseguido un cliente más, y la ladrona sí consiguió un celular más. El señor volvió a reír, pues se dio cuenta de que, aunque hubiese habido alguna atracción, la mujer nunca habría podido contactar al hombre.

Chávez

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At Home

Entre tanto mareo, encontré un lugar estable.

 

 

No puedo describir la infinita belleza que encuentro en este documental. Si tienen tiempo, véanlo completo.

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Aguas vemos, en el fondo no sabemos

Estábamos en el baile de las formas, en la danza de lo que la lluvia dejó. Caricias y apretones nos dábamos el uno al otro, nos hacíamos y deshacíamos en la vasta viscosidad que nos rodeaba. Y mientras en eso nos encontrábamos, recordé la bella manera en que conocí de manera consciente el agua. 

Mis padres dicen que desde que era pequeño me encantaban los baños. Si me apartaban de mi tina me ponía a llorar como, bueno, como lo que era, como un bebé. Recuerdo vagamente que, pocos años después, mi padre hacía como si de verdad lo estuviera ayudando a lavar el auto, mientras en realidad lo único que yo hacía era mojarme la cabeza con la manguera para quitarme el tremendo calor de verano.

Después, venía la alberca inflable con apenas cincuenta centímetros de altura y yo nadando dentro de ella. Duraba años bajo el agua, creo que debí haber nacido pez. ¿Los peces toman agua? Tomaba siempre de cinco a seis vasos al día, pero no de los vasos pequeños, sino de aquellos que dan en el cine cuando vas a ver esas películas que tanto aburren. Preferiría estar en una alberca, con tanto calor que hace ahí dentro.

No obstante, mi amor por el agua (que ya existía desde mucho tiempo atrás) lo descubrí la primera vez que fui al mar. Catorce años tenía yo. La arena no sé cuántos años tenía, pero parecía vieja por su fragilidad y poca dureza. El mar se veía joven, ágil e hiperactivo, dando de golpes a todos, aventando a los poco determinados. Él y yo nos entendimos muy bien. Yo esquivaba sus golpes y arremetía con fuerza a patadas y manotazos. Regresé año tras año a visitar a la vieja arena y al jovial mar. Gané dinero como fuera para vivir cerca de la costa. Mientras tanto, hice lo que pude para construir una alberca dentro de mi casa para llegar todas las tardes a darme un chapuzón. Fuera como fuese, yo tenía que estar siempre cerca del agua.

Qué recuerdos… Ojalá pudiera sentir una vez más aquella húmeda arena marcando las fauces del ancho océano; si pudiera mezclar mi piel con la primer ola que me alcance y de ahí vaciar mi humanidad entre sus olas.

Pero aquí hay olas, aquí hay arena. Y hay un baile que desconozco, le pierdo el ritmo. Él me acaricia brutalmente, luchamos desmesuradamente a patadas y manotazos, tomamos agua, como siempre me ha gustado. Pero pierdo el ritmo, y él besa prolongadamente mi cuello con sus manos y me lleva a donde alguna vez las primeras gotas de lluvia estuvieron. Abajo es más difícil bailar, y poco a poco suelto el cuerpo, aceptando mi poca habilidad para seguir los pasos. Y tomo agua, y ella se mete, y la respiro. Y ella me invade, abusa del amor que le tengo. Y me llena, y me abraza, me aprieta, me estorba. Por fin me suelta, ya no queda más por qué tomarme, y ahora soy uno con el agua.

Siempre me ha encantado el agua. Tanto que por ella morí.

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¿Y si nos hacemos arte?

Quisiera que fueses el arte

que descubre todos mis miedos

 

Quisiera que fueses un lienzo

para pintarte con mis dedos

 

Quisiera crearte en pintura

para admirarte días enteros.

 

Quisiera ponerte en un marco

y tenerte atrapada en lo eterno

 

Quisera que fueses el cuadro

que está clavado en mi techo.