Archivo de la categoría: poesía

Típica historia de un encuentro entre sexos opuestos relatada por dos terceros.

Caminaban por la calle en direcciones contrarias. Los dos, bien vestidos, se iban mirando directo a los ojos. Ella soltó una pequeña y coqueta sonrisa. Él subió una ceja en tono donjuanesco. Al momento de cruzar el uno con el otro, chocaron un poco sus hombros, viéndose unos pocos segundos más. Ambos pensaron lo mismo.

Se meneaban por la calle dentro de bolsillos diferentes cada uno de ellos. Eran grandes y se daban a notar dentro. Alguna vez fueron construidos en la misma fábrica, y ahora, coincidencias del destino que el autor crea,  se cruzaban por la misma calle. Ellos no lo saben, pues son objetos sin vida. Yo, autor, les concedo vida: eran de diferente compañía, y sexo, pero se reconocieron por medio de una antena especial que yo, autor, creé para darle algo de esperanza a este escrito. Se sabían cercanos, la antena se los decía. Venían en diferentes direcciones y en algún momento se cruzarían. Ya estaban a pocas ondas. Chocaron los bolsillos y, quién sabe por qué obras del creador, se encontraron repentinamente dentro del mismo bolsillo, con las antenas vueltas locas.

Ahí, dentro del bolsillo, se conjugaron.

Direcciones eran dadas para llegar a alguna parte, por el motivo que fuera. Se detectaron y se sintieron de un humor convenenciero. Prepararon los movimientos necesarios para que otros movimientos pasaran desapercibidos. Activaron a los otros y a los necesarios justo al cruzarse. Orquestados de manera sublime: todo salió a la perfección. Ni uno ni otro se dio cuenta.

—Caíste —dijeron ambos.

El señor se encontraba sentado en la misma banca de siempre. Ya retirado, había tomado la costumbre de observar a la gente pasar mientras daba de comer a las palomas. Todos los días pasaban cosas diferentes, por más mínimas que fueran. Y él, el señor, lo veía todo, hasta lo que los transeúntes no veían de sí mismos. Había visto muchas cosas desde su banca, pero nunca una parecida a lo que vería esa soleada pero fresca mañana de primavera.

Vio a ambos a los lejos, lejos de sí mismos. El señor dedujo que por su aspecto, los dos se atraerían de alguna forma. Lo afirmó una vez que la mujer y el hombre cruzaron miradas. Él vio cómo ella preparaba sus movimientos y cómo el hombre hacía lo mismo. El señor se dio cuenta de cómo se observaban y cómo, si los pasados de los personajes hubieran sido otros, hubieran caído enamorados al instante. Pero ese no fue el caso. Así relató el señor los hechos: La mujer y el hombre se coquetearon sin ningún sentimiento de atracción seguido de un acercamiento cada vez más lento para darse tiempo de preparar a la perfección sus fechorías y de un momento a otro PUM chocan sus hombros y la mujer mete la mano al bolsillo del hombre y el hombre hace lo mismo pero en el bolsillo de la mujer y así la mano del hombre dejó caer una tarjeta con su nombre y su teléfono mientras la mano de la mujer sacaba con rapidez un celular y lo metía en su bolsillo justo cuando la mano del hombre salía y en el transcurso de todo el hecho los ojos de hombre y mujer nunca se soltaron y los cuerpos tampoco cambiaron de rumbo, todo en cuestión de segundos. Finalmente giran su cabeza para seguir cada uno con su camino, regresan la mirada para coquetearse por última vez, vuelven a girar la cabeza y regresan a sus pensamientos entre risas de victoria.

El señor ríe, pues ambos fueron unos excelentes actores. El gigoló pensó haber conseguido un cliente más, y la ladrona sí consiguió un celular más. El señor volvió a reír, pues se dio cuenta de que, aunque hubiese habido alguna atracción, la mujer nunca habría podido contactar al hombre.

Chávez

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Aguas vemos, en el fondo no sabemos

Estábamos en el baile de las formas, en la danza de lo que la lluvia dejó. Caricias y apretones nos dábamos el uno al otro, nos hacíamos y deshacíamos en la vasta viscosidad que nos rodeaba. Y mientras en eso nos encontrábamos, recordé la bella manera en que conocí de manera consciente el agua. 

Mis padres dicen que desde que era pequeño me encantaban los baños. Si me apartaban de mi tina me ponía a llorar como, bueno, como lo que era, como un bebé. Recuerdo vagamente que, pocos años después, mi padre hacía como si de verdad lo estuviera ayudando a lavar el auto, mientras en realidad lo único que yo hacía era mojarme la cabeza con la manguera para quitarme el tremendo calor de verano.

Después, venía la alberca inflable con apenas cincuenta centímetros de altura y yo nadando dentro de ella. Duraba años bajo el agua, creo que debí haber nacido pez. ¿Los peces toman agua? Tomaba siempre de cinco a seis vasos al día, pero no de los vasos pequeños, sino de aquellos que dan en el cine cuando vas a ver esas películas que tanto aburren. Preferiría estar en una alberca, con tanto calor que hace ahí dentro.

No obstante, mi amor por el agua (que ya existía desde mucho tiempo atrás) lo descubrí la primera vez que fui al mar. Catorce años tenía yo. La arena no sé cuántos años tenía, pero parecía vieja por su fragilidad y poca dureza. El mar se veía joven, ágil e hiperactivo, dando de golpes a todos, aventando a los poco determinados. Él y yo nos entendimos muy bien. Yo esquivaba sus golpes y arremetía con fuerza a patadas y manotazos. Regresé año tras año a visitar a la vieja arena y al jovial mar. Gané dinero como fuera para vivir cerca de la costa. Mientras tanto, hice lo que pude para construir una alberca dentro de mi casa para llegar todas las tardes a darme un chapuzón. Fuera como fuese, yo tenía que estar siempre cerca del agua.

Qué recuerdos… Ojalá pudiera sentir una vez más aquella húmeda arena marcando las fauces del ancho océano; si pudiera mezclar mi piel con la primer ola que me alcance y de ahí vaciar mi humanidad entre sus olas.

Pero aquí hay olas, aquí hay arena. Y hay un baile que desconozco, le pierdo el ritmo. Él me acaricia brutalmente, luchamos desmesuradamente a patadas y manotazos, tomamos agua, como siempre me ha gustado. Pero pierdo el ritmo, y él besa prolongadamente mi cuello con sus manos y me lleva a donde alguna vez las primeras gotas de lluvia estuvieron. Abajo es más difícil bailar, y poco a poco suelto el cuerpo, aceptando mi poca habilidad para seguir los pasos. Y tomo agua, y ella se mete, y la respiro. Y ella me invade, abusa del amor que le tengo. Y me llena, y me abraza, me aprieta, me estorba. Por fin me suelta, ya no queda más por qué tomarme, y ahora soy uno con el agua.

Siempre me ha encantado el agua. Tanto que por ella morí.

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Calle y cielo

Mirándote a ti y a la luna en mi periferia.
Uniendo puntos en el cielo con una infinidad de puntos más.
Así disfruto de mi noche en la calle.
Sentado, contemplando el vacío que dejan los autos
Disfrutando el silencio de su descanso
Y mirándote a ti en la periferia.
Sólo me estorban las intencionalmente espaciadas luces
Que protegen al peatón que no camina por las banquetas.
Me acuesto en mi cama de asfalto y observo cómo
Las pocas estrellas que se ven desde esta calle te dibujan
Y
Me río
De cómo la luna quiere llamar mi atención
Para que deje de unir los puntos que unen tu cuerpo
Y la mire a ella, brillante y recelosa.

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Tiempo en blanco

Tengo ahora el tiempo entre mis manos, secuestrado.
Lo robé para poder hacer lo que sea, para que todos lo pudieran hacer.
Lo robé para poder escribir.

Y

Quiero escribir, mas no escribo.
Sólo observo una hoja que agradece a no sé quién el haber permanecido en blanco.
En blanco, como mi mente.
En blanco, como mi vida.
Sólo… en blanco.
Y aún no he escrito. Y aún existo.

El tiempo, secuestrado, liberó a todos, pero nadie quiso ser liberado.

Chávez.

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