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No te vayas, París

Te siento tan lejos, París. Como si hubieran pasado años desde que te vi por última vez. Tu recuerdo lo tengo poco presente, y no sé por qué.

París, me dueles en la memoria. No sé por qué no me puedo acordar de tus finos detalles, de tu grandísima consideración en brillar mientras te tuve en mis ojos, de tu triste despedida llorando y yo lloviéndote encima. Me dueles en el corazón.

Te siento tan cerca de mi melancolía y tan lejos de mis recuerdos. ¿Por qué, París, por qué me haces esto? ¿Por qué te empeñas en alejarte de mí? Recuerdo que yo quería dejarte en lo eterno, contemplarte en mis palabras, pero no me dejaste. Te miraba por horas, te caminaba, tocaba y escuchaba día tras día, y tú no te aferraste, ni lo harás.

No me hagas esto.

Te siento perdida, París. Tu agua se escurre en mi ropa y se seca, desparace, como tú (mal) haces en mí. Te tuve entre mis manos, en el reflejo de mis ojos mojados, en la punta de mi nariz color serrano. Y tú prefieres alejarte, abandonarme poco a poco. Si yo te quiero, te quería tanto. Si yo te sigo queriendo, añorando. ¿Qué no me ves, atorado en este nudo que no deja derramar ni una gota, ni un gemido, porque no te encuentro bien?

¿Por qué me dejas solo, por qué no me quieres acompañar? ¿Es que fue muy poco, muy rápido, muy superficial? Dime qué te hecho que no te quieres quedar? No entiendo, querida, si yo te di todo lo que tenía encima. ¿Qué más querías de mí? Si yo en ti me perdí, por ti estaba perdido, contigo llegué perdido.

¿Qué es, París, lo que te hace escaparte del negro de mis párpados?

Por favor, regresa, que sin ti no puedo deshacer este nudo. Regresa que te quiero, que te necesito. Yo sin ti no puedo.

 

 

Chávez

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Las máscaras

Aquí estoy. Lo juro.

Bueno, por lo menos pensé que lo estaba.

Esto es muy pesado, ¿sabes? Empezó siendo una, no sé ni por qué motivo. Era removible, claro, pero nunca la removí; siempre fue más cómodo traerla encima. Era una solución simple y fácil para no tener que estar tan descubierto. Lo que no sabía era que el mal es degenerativo.

Empezaron a ser más, una sobre la otra, porque la primera ya no era suficiente, la primera no me cubría lo suficiente, todavía se podía ver a través de ella. La cuarta, quinta, sexta… no sé tampoco cómo se crearon ni cómo diferenciarlas. Me cubrían, pero no lo suficiente. Necesitaba más.

Luego de haber puesto encima no sé cuántas, luego de que ya no sabía por dónde mirar, descubrí mi enorme capacidad por intercambiarlas. Y así las fui intentando clasificar. Yo, el que está aquí, no sé de las demás, pero tenía bien clasificadas a la mías. El que está allá, debajo de todo esto, el que asoma de vez en cuando un ojo preocupado, él sí sabía cuál es cuál, y cuándo usar cuál, cuándo dejar caer unas pocas, cuándo volver a ponerlas, cuándo crear más, cuándo eliminar otras. Pero creo que a todos los que estamos aquí, incluyéndome, se nos pasó la mano.

Cada una de las que fueron creadas empezaron a querer cubrirse: resulta que ellas también sentían y tampoco querían ser vistas. Entonces empezaron también a taparse, ellas querían sus propias. Crearon más y las encimaron cada una como iban saliendo, en ningún orden específico, y el que está abajo empezó a perder el control sobre nosotros.

¿Saben? Yo creo que el error más grande que pudo haber hecho el que está allá abajo es haberlas… habernos hecho de lodo. Entiendo su lógica: algo muy moldeable y fácil de remover, eso sí. Pero no es manipulable en grandes cantidades. ¿Me escuchas? No es manipulable.

¡NO LO ES!

Supongo que ahora es obvio; cuando todo empezó no lo fue tanto. Tanto lodo no sólo cubre la cara. El lodo, cuando fresco, cae. No se queda en un solo lugar, estático. Tal vez pensaste… pensamos que se iba a secar rápido, pero no fue así ¿verdad? Gracias a ti todos pensamos lo mismo, y el lodo menos se secó. Ya después no sólo lo teníamos en la cara, se cayó de la cara al cuello y del cuello al pecho, recorrió el estómago; de la frente al cabello y hasta la nuca; y echándole al montón, claro que iba a caer a la espalda. Las manos que le dieron… nos dieron forma ya no podían hacer ni una sola figura: de dedos a codos, de codos a hombros, estaba ya todo atascado de lodo.

Cuando se dio… nos dimos cuenta, quisimos deshacernoscada uno de sus propias. Desde abajo vino una enorme sacudida y cayeron pocas, pero la cantidad que teníamos encima era simplemente irremovible.

Pronto el peso nos ganó. Perdimos el equilibrio. Caímos. Ahí, en el piso, y gracias a tan ligera caída, entendimos que iba a ser imposible quitarnos a todas de encima. El lodo nos llegaba a los tobillos y, sin poder ya controlarnos mucho, nos hunimos un poco en las que habían caído con el tiempo y sacudida.

¿Y ahora qué hacemos? Ya no me puedo quitar las que yo creé, ellas crearon y tampoco pueden quitarlas. El que está abajo se retuerce para tratar de quitarlo todo, pero creo jamás se dio cuenta de que el lodo sigue fresco.

Los demás pensamos que ya no queda más por hacer que dejar retorcerse y respirar, esperar a que el lodo se seque.

Yo, el que está aquí. me asomo y me asusto. Creo que esto va a hacer que nos descubran.

Pancho Roballaves

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María, yo y las cenizas

María es una chica normal. O eso es lo que uno pensaría al verla. No, mentira: uno pensaría que es una chica rara. Esa ropa oscura y ancha para su delgado cuerpo, esos zapatos de mal gusto, la cabeza baja y la mochila lila con forma de tubo la convierten en un personaje que, a pesar de no quererlo, llama la atención.

No siempre tiene la cabeza baja. Martes, jueves, sábado y domingo camina a paso apresurado, con la espalda bien derecha y la cara casi viendo al cielo. Lunes, miércoles y viernes actúa de forma totalmente contraria, como cuando salía  con su novio, pero también de forma contraria; o sea, alegre.

Lo sé, es difícil de entender, pero también María lo es. Por lo menos eso es lo que ella me dijo:

—Sé que me sigues. No me importa. No tengo nada que perder.

—No, yo…

—Ganas de hablar me faltan -me dijo, un poco nerviosa—. ¿Por qué no mejor me dejas sola? Anda, vete —y con un gesto extraño y rudo de su mano, me pidió alejarme y, sin querer, tiró la mochila lila al piso. Algo que parecía un envase se abrió y cayeron cenizas de él. Las recogió, las trató de meter en la cosa ésa como envase, cerró bien la mochila y yo, atónito por los gemidos de María, retrocedí primero lentamente y después a paso acelerado.

No. No es que yo la siga, es que siempre vamos al mismo lugar, los mismos días, a la misma hora. Increíbles coincidencias. Eso desde que su novio desapareció hace más de un año.

Pobre. Ahora, en vez de a su novio, trae lunes, miércoles y viernes esa mochila lila, inclusive después de nuestro pequeño incidente.

Cambié de parque para evitar su molestia, me fui a uno a muchas cuadras de distancia, pero ella apareció en él, sentada, con su ropa ancha, sus zapatos de mal gusto, la cabeza baja y esa estorbosa mochila lila en forma de tubo.

El viernes hablaré de nuevo con ella. Tal vez me explique por qué me sigue y, si tengo suerte, lo de las cenizas.

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