Archivo de la categoría: Cuento corto

María, yo y las cenizas

María es una chica normal. O eso es lo que uno pensaría al verla. No, mentira: uno pensaría que es una chica rara. Esa ropa oscura y ancha para su delgado cuerpo, esos zapatos de mal gusto, la cabeza baja y la mochila lila con forma de tubo la convierten en un personaje que, a pesar de no quererlo, llama la atención.

No siempre tiene la cabeza baja. Martes, jueves, sábado y domingo camina a paso apresurado, con la espalda bien derecha y la cara casi viendo al cielo. Lunes, miércoles y viernes actúa de forma totalmente contraria, como cuando salía  con su novio, pero también de forma contraria; o sea, alegre.

Lo sé, es difícil de entender, pero también María lo es. Por lo menos eso es lo que ella me dijo:

—Sé que me sigues. No me importa. No tengo nada que perder.

—No, yo…

—Ganas de hablar me faltan -me dijo, un poco nerviosa—. ¿Por qué no mejor me dejas sola? Anda, vete —y con un gesto extraño y rudo de su mano, me pidió alejarme y, sin querer, tiró la mochila lila al piso. Algo que parecía un envase se abrió y cayeron cenizas de él. Las recogió, las trató de meter en la cosa ésa como envase, cerró bien la mochila y yo, atónito por los gemidos de María, retrocedí primero lentamente y después a paso acelerado.

No. No es que yo la siga, es que siempre vamos al mismo lugar, los mismos días, a la misma hora. Increíbles coincidencias. Eso desde que su novio desapareció hace más de un año.

Pobre. Ahora, en vez de a su novio, trae lunes, miércoles y viernes esa mochila lila, inclusive después de nuestro pequeño incidente.

Cambié de parque para evitar su molestia, me fui a uno a muchas cuadras de distancia, pero ella apareció en él, sentada, con su ropa ancha, sus zapatos de mal gusto, la cabeza baja y esa estorbosa mochila lila en forma de tubo.

El viernes hablaré de nuevo con ella. Tal vez me explique por qué me sigue y, si tengo suerte, lo de las cenizas.

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Unos Por Otros

La sombra del suelo parece extraña, pues ya todos saben que no deben interrumpir cuando lee. Voltea para correr a quien sea que se acerca, pero no puede acabar de girar la cabeza. Sus ojos alcanzan a percibir el reflejo de las velas sobre algo metálico y, por un instante, algo en su cuello molesta. 

Suceso excepcional. 

Qué destreza para atinar a la zona donde los nervios son más débiles; qué fuerza. Imposible ver a quien lo hizo, por lo menos hasta que su cabeza caiga al piso (esperando, claro, que caiga boca arriba). Son los ocho segundos más largos y más cortos de su vida. Sus últimos ocho segundos. ¿Ya no leerá más? El libro se rocía de rojo y la cabeza, dando vuelta, rocía el piso. Ejecutado quisiera correr de la escena, ahorcar al ejecutor, gritar. Pero ya no hay piernas ni brazos ni pulmones debajo de la quijada. La sangre se desparrama.

La cabeza cae viendo al cielo, por azar del destino. 4 segundos han pasado. Los ojos de ejecutor y ejecutado se cruzan. Ejecutado no identifica, ejecutor tiene tapada su cara. Tres segundos. Ejecutado exige explicación: ira, venganza, placer. Algo. No encuentra nada. Dos segundos. Los ojos del ejecutado suplican; piden salvación, redención. ¿Por qué? Ejecutor no tiene nada de eso, sólo observa el brillo desvanecer, pues el azote de Dios es cruel. Un segundo. Todo se torna negro. La nada infinita envuelve.

No. Dar respuestas no está en los planes del ejecutor. Nunca lo ha hecho, nunca lo hará.

El cachete limpio del ejecutado lame la katana y quita gran parte de la sangre en ella. Ejecutado toma los tres kilos del suelo. Sus hermanos tienen que verlo. Es hora de tomar el control.

Etiquetado ,

Típica historia de un encuentro entre sexos opuestos relatada por dos terceros.

Caminaban por la calle en direcciones contrarias. Los dos, bien vestidos, se iban mirando directo a los ojos. Ella soltó una pequeña y coqueta sonrisa. Él subió una ceja en tono donjuanesco. Al momento de cruzar el uno con el otro, chocaron un poco sus hombros, viéndose unos pocos segundos más. Ambos pensaron lo mismo.

Se meneaban por la calle dentro de bolsillos diferentes cada uno de ellos. Eran grandes y se daban a notar dentro. Alguna vez fueron construidos en la misma fábrica, y ahora, coincidencias del destino que el autor crea,  se cruzaban por la misma calle. Ellos no lo saben, pues son objetos sin vida. Yo, autor, les concedo vida: eran de diferente compañía, y sexo, pero se reconocieron por medio de una antena especial que yo, autor, creé para darle algo de esperanza a este escrito. Se sabían cercanos, la antena se los decía. Venían en diferentes direcciones y en algún momento se cruzarían. Ya estaban a pocas ondas. Chocaron los bolsillos y, quién sabe por qué obras del creador, se encontraron repentinamente dentro del mismo bolsillo, con las antenas vueltas locas.

Ahí, dentro del bolsillo, se conjugaron.

Direcciones eran dadas para llegar a alguna parte, por el motivo que fuera. Se detectaron y se sintieron de un humor convenenciero. Prepararon los movimientos necesarios para que otros movimientos pasaran desapercibidos. Activaron a los otros y a los necesarios justo al cruzarse. Orquestados de manera sublime: todo salió a la perfección. Ni uno ni otro se dio cuenta.

—Caíste —dijeron ambos.

El señor se encontraba sentado en la misma banca de siempre. Ya retirado, había tomado la costumbre de observar a la gente pasar mientras daba de comer a las palomas. Todos los días pasaban cosas diferentes, por más mínimas que fueran. Y él, el señor, lo veía todo, hasta lo que los transeúntes no veían de sí mismos. Había visto muchas cosas desde su banca, pero nunca una parecida a lo que vería esa soleada pero fresca mañana de primavera.

Vio a ambos a los lejos, lejos de sí mismos. El señor dedujo que por su aspecto, los dos se atraerían de alguna forma. Lo afirmó una vez que la mujer y el hombre cruzaron miradas. Él vio cómo ella preparaba sus movimientos y cómo el hombre hacía lo mismo. El señor se dio cuenta de cómo se observaban y cómo, si los pasados de los personajes hubieran sido otros, hubieran caído enamorados al instante. Pero ese no fue el caso. Así relató el señor los hechos: La mujer y el hombre se coquetearon sin ningún sentimiento de atracción seguido de un acercamiento cada vez más lento para darse tiempo de preparar a la perfección sus fechorías y de un momento a otro PUM chocan sus hombros y la mujer mete la mano al bolsillo del hombre y el hombre hace lo mismo pero en el bolsillo de la mujer y así la mano del hombre dejó caer una tarjeta con su nombre y su teléfono mientras la mano de la mujer sacaba con rapidez un celular y lo metía en su bolsillo justo cuando la mano del hombre salía y en el transcurso de todo el hecho los ojos de hombre y mujer nunca se soltaron y los cuerpos tampoco cambiaron de rumbo, todo en cuestión de segundos. Finalmente giran su cabeza para seguir cada uno con su camino, regresan la mirada para coquetearse por última vez, vuelven a girar la cabeza y regresan a sus pensamientos entre risas de victoria.

El señor ríe, pues ambos fueron unos excelentes actores. El gigoló pensó haber conseguido un cliente más, y la ladrona sí consiguió un celular más. El señor volvió a reír, pues se dio cuenta de que, aunque hubiese habido alguna atracción, la mujer nunca habría podido contactar al hombre.

Chávez

Etiquetado , , , , , , , , ,

Aguas vemos, en el fondo no sabemos

Estábamos en el baile de las formas, en la danza de lo que la lluvia dejó. Caricias y apretones nos dábamos el uno al otro, nos hacíamos y deshacíamos en la vasta viscosidad que nos rodeaba. Y mientras en eso nos encontrábamos, recordé la bella manera en que conocí de manera consciente el agua. 

Mis padres dicen que desde que era pequeño me encantaban los baños. Si me apartaban de mi tina me ponía a llorar como, bueno, como lo que era, como un bebé. Recuerdo vagamente que, pocos años después, mi padre hacía como si de verdad lo estuviera ayudando a lavar el auto, mientras en realidad lo único que yo hacía era mojarme la cabeza con la manguera para quitarme el tremendo calor de verano.

Después, venía la alberca inflable con apenas cincuenta centímetros de altura y yo nadando dentro de ella. Duraba años bajo el agua, creo que debí haber nacido pez. ¿Los peces toman agua? Tomaba siempre de cinco a seis vasos al día, pero no de los vasos pequeños, sino de aquellos que dan en el cine cuando vas a ver esas películas que tanto aburren. Preferiría estar en una alberca, con tanto calor que hace ahí dentro.

No obstante, mi amor por el agua (que ya existía desde mucho tiempo atrás) lo descubrí la primera vez que fui al mar. Catorce años tenía yo. La arena no sé cuántos años tenía, pero parecía vieja por su fragilidad y poca dureza. El mar se veía joven, ágil e hiperactivo, dando de golpes a todos, aventando a los poco determinados. Él y yo nos entendimos muy bien. Yo esquivaba sus golpes y arremetía con fuerza a patadas y manotazos. Regresé año tras año a visitar a la vieja arena y al jovial mar. Gané dinero como fuera para vivir cerca de la costa. Mientras tanto, hice lo que pude para construir una alberca dentro de mi casa para llegar todas las tardes a darme un chapuzón. Fuera como fuese, yo tenía que estar siempre cerca del agua.

Qué recuerdos… Ojalá pudiera sentir una vez más aquella húmeda arena marcando las fauces del ancho océano; si pudiera mezclar mi piel con la primer ola que me alcance y de ahí vaciar mi humanidad entre sus olas.

Pero aquí hay olas, aquí hay arena. Y hay un baile que desconozco, le pierdo el ritmo. Él me acaricia brutalmente, luchamos desmesuradamente a patadas y manotazos, tomamos agua, como siempre me ha gustado. Pero pierdo el ritmo, y él besa prolongadamente mi cuello con sus manos y me lleva a donde alguna vez las primeras gotas de lluvia estuvieron. Abajo es más difícil bailar, y poco a poco suelto el cuerpo, aceptando mi poca habilidad para seguir los pasos. Y tomo agua, y ella se mete, y la respiro. Y ella me invade, abusa del amor que le tengo. Y me llena, y me abraza, me aprieta, me estorba. Por fin me suelta, ya no queda más por qué tomarme, y ahora soy uno con el agua.

Siempre me ha encantado el agua. Tanto que por ella morí.

Etiquetado , , , , , , , , , ,

Agua de noche

Baja todas las mañanas (a las 2 a.m. para ser exactos) a tomar agua.

Abre el congelador, saca un hielo, gira, da dos pasos hacia la vitrina que contiene los vasos y saca uno —de vidrio—. Pone el hielo en el vaso. Vuelve a girar y saca dos hielos más del congelador, que dejó abierto. Se sirve agua de la jarra que está en la barra desayunadora, a cuatro pasos del lado derecho del congelador.

Espera unos veinte segundos a que el agua se refresque un poco, a veces la agita para acelerar el proceso. Da un trago y se dedica a sentir el agua fresca recorrer su garganta hasta el esófago, donde pierde la sensación.

Se queda admirando su cocina, amenizada con una luz amarillenta. Admira también el silencio. Ojalá siempre estuviera así, se dice. Hoy hay luna llena, así que cree que no habrá mayor problema al regresar a su cuarto en el segundo piso.

Toma valor y se dirige a las escaleras y, en el pasillo antes de ellas, voltea a la derecha, donde se encuentra su sala. Nunca hay nadie, pero él siempre está esperando encontrar a alguien ahí sentado.

Sube las escaleras. Lo empiezan a seguir. Sube al mismo ritmo con el que empezó para aparentar que no tiene miedo. Quien lo sigue se acerca. Sigue su paso. En cualquier momento le tomará el pie y lo tumbará de la escalera, fracturándole un tobillo, o algún otro hueso. Él sigue caminando; no le jala los pies. Se acerca todavía más. Le apretará el cuello para asfixiarlo a medio subir. En cualquier momento le tocará el cuello. Sigue su paso. Nadie lo toca. Dos escalones más. Los sube. Se pausa y se ríe de su miedo. Lo toman por el tobillo y lo jalan escaleras hacia abajo. Trata de evitar que lo arrastren hasta la sala sosteniéndose del barandal, pero no sirve de nada, se vence ante los jalones. Se golpea varias veces la cabeza contra los escalones, dejando pequeñas marcas de sangre en sus orillas.

Está mareado y no logra distinguir nada. El pie del que lo jalaron —el izquierdo— no lo siente, tal vez esté torcido. Lo sientan en el sillón más chico de su sala. Le piden que suba la vista. Algo o alguien se acerca con lentitud mecánica. Su rostro no toma forma, sino que brilla una tenue luz en el lugar donde debería de ir su nariz.

Olvidó apagarlo antes de dormirse. Estira la mano para apagarlo y se pregunta cómo llegó a su cama. Toma un sorbo de agua del vaso que subió consigo y que dejó al lado izquierdo de su cama. Tampoco recuerda cuándo ni cómo lo dejó ahí. Todavía está fresca. Siente el agua bajar a sus entrañas y comienza a sudar, como cada vez que toma agua. El foco lo estaba encandilando.

Prende el ventilador antes de dormirse y por fin apaga la luz que no había apagado.

 

 

 

 

 

Chávez.

Etiquetado , , , , , , , ,

Conversación con nadie

Qué importante se vuelve el tiempo mientras uno crece. Parece que cada vez más nos va acechando su concepto esclavizante, hasta el grado de sentirse vaquero esquivando balas apuntadas a los pies, cual película del viejo oeste.
Presionado por un sentimiento de supervivencia a las exigencias del comienzo de una vida adulta, voy apretando las cuerdas tácitas que dividen mis actividades y me acostumbro a un ritmo que lo ajeno me ha impuesto.

Pauso todo. Camino al jardín y me dejo envolver por una noche tan nublada como mis propios pensamientos. Pareciera que mis pies son independientes de mi pensamiento, yo solo me dejo llevar por ellos.
Se frenan en la frontera donde el pasto y el pavimento se encuentran y los recuerdos invaden mi memoria. Camino un poco más y me dejo caer en el pasto, específicamente en una zona donde el alumbrado me da la libertad de ver el cielo nublado sin encandilarme con sus amarillas luces.

Uno debió de haberse quedado en ese momento borroso de la memoria en el que recibió su primer set de carros por parte de su tío, todos rojos, todos de policía, que estaban dentro de una caja gris de tenis Washington.
Uno debió haberse quedado con las manos sobre la banca de cemento en la esquina de la casa de Diego, viendo a detalle las llantas de mis carritos rodar sobre la misma banca. Qué era el tiempo sino el largo momento que duraba mi estadía en la calle hasta que mi mamá me gritara que me metiera a la casa a cenar y dormir.

Uno debió de haberse quedado.

O tal vez debí haberme quedado en ese momento en el que aventaba un balón al cielo, creyendo que los dos pisos de mi casa eran la medida que tenía que superar para que se perdiera en la estratosfera.
O en el momento en el que hice mis primeras dominadas, o cuando metí mi primer gol en la calle, o cuando di mi primer pase de primera para que Roberto le metiera gol al Nene, o cuando hice más de diez dominadas, o cuando hice las porterías de la cancha de siete por cinco del baldío frente a mi casa, o cuando cortamos el pasto para hacer una cancha más grande, o cuando jugaba con el Cholo, el Feyo, el Nene, el Trivilín, Misraím, Pollo, y demás, o cuando me puse de portero por primera vez, o cuando me aventé para salvar el gol por el podríamos haber perdido para después ganar gracias a Roberto, o cuando dominé el balón más de 100 veces, o cuando hice mi primer túnel, o cuando hice mi primera vuelta al mundo, o cuando le hice 5 túneles a Rodrigo después de haber recibido 4 en el transcurso de 3 horas o más, o cuando jugábamos en el pasto donde justo ahora estoy acostado, o en el pasto de las canchas del Viejo Continente, o en las de Verde Valle, o en las de la colonia, o en la calle, o en la escuela, o en mi cuarto, o en mis sueños.

Observo el cielo. Extrañamente se disiparon las nubes. No hay muchas estrellas. Martillean de dentro hacia fuera mi cabeza, no construyendo algo, sino destruyendo mis recuerdos. El pasto se clava en mi espalda. Me levanto y el aire me refresca y mi pulso casi hace explotar mi cabeza. Regresa el mareo, las cuerdas tácitas aprietan mi garganta. Tendré que irme.
¿Y si me quedo? ¿Y si me olvido? ¿Y si el tiempo me secuestra? ¿Y si me regreso a la banqueta donde lloré mi retirada?

Se me acabó el tiempo. Mi llanto será buen alimento para la tierra.

Pareciera que todos vivimos de sueños frustrados. Pero, yo no quiero vivir de sueños frustrados.

Qué importante se vuelve el concepto del tiempo mientras uno crece. Aprieta cuellos con cuerdas tácitas. Un día de estos el tiempo me asfixiará.

Tiempo en blanco

Tengo ahora el tiempo entre mis manos, secuestrado.
Lo robé para poder hacer lo que sea, para que todos lo pudieran hacer.
Lo robé para poder escribir.

Y

Quiero escribir, mas no escribo.
Sólo observo una hoja que agradece a no sé quién el haber permanecido en blanco.
En blanco, como mi mente.
En blanco, como mi vida.
Sólo… en blanco.
Y aún no he escrito. Y aún existo.

El tiempo, secuestrado, liberó a todos, pero nadie quiso ser liberado.

Chávez.

Etiquetado , , , , ,

Quema al recordar

Sólo son recuerdos. Eso es lo que acaban siendo todos los actos del hombre, los eventos del mundo. Sólo recuerdos.

Pero qué recuerdos. Qué luminosos recuerdos, envueltos en el calor de la compañía, envueltos en llamaradas de sentimientos.

A mí no me gusta recordar. Cuando recuerdo me envuelvo en un humo que no me deja ver claro. Entre ese humo siempre hay un recuerdo que incandesce ante todos. Siempre se me viene a la mente como el momento determinante de mi vida. Siempre está presente.

Alguna noche de octubre de 1996, la calle sin asfaltar de mi casa y una caja de cerillos. Pasto, hojas, varillas y ramas secas: la combinación perfecta para una fogata sin permiso de mis padres, ni de los de Diego.

Era la primera vez que él y yo prendíamos una fogata.

Los cerillos son raros. Mi mamá los usaba para prender la estufa, todo en un movimiento rápido de ambas manos: tan fácil como arrastrar la cabeza por la lija, girar el perno de la estufa y bajar la mano con el cerillo entre dedos, mientras yo veía cómo se formaba esa corona de fuego azul con que me cocinaba su famoso hurvito con atún.  

Como los cerillos, los recuerdos son raros. 

Con un movimiento rígido y lento, prendo el cerillo y, segundos después, siguen en prenderse el pasto, hojas, varillas y ramas secas que ya habíamos recolectado Diego y yo.

Y pensar que sólo fue una pequeña chispa lo que prendió el cerillo; una pequeña chispa lo que prendió su pantalón. Era algo que sólo hoy puedo explicar como una belleza incandescente.

El fuego consumía los gritos y llenaba la calle de sufrimiento. En un abrir y cerrar de ojos, Diego estaba completamente en llamas. Yo sólo veía al fuego flotar unos leves milímetros sobre la ropa que carcomía para después alcanzar más que sólo la superficie de Diego; yo sólo escuchaba al fuego tronar, devorar oxígeno en un sonido oscuro, un leve murmullo que atrapa la atención. Mis ojos registraban cada movimiento de él, mi nariz el olor de más que carne y pasto quemado, mis oídos escuchaban su dulce ronroneo. Y mi cabeza en blanco, y mi cuerpo sin moverse. Diego sólo giraba en el piso, levantando una mínima nube de polvo. Claro, seguía gritando. Qué horrible maravilla. Aquel humo complementaba la noche.

Una gran cantidad de agua llegó flotando al cuerpo de Diego y se dejó caer estrepitosamente sobre él. El lodo que se formó de la tierra y el agua empezó a envolverlo, consumiendo el fuego y apagando la luz de Diego en esa noche cualquiera de octubre de 1996.

Después de que se apagó el fuego, aparecieron varias personas con cubetas de agua, gritando no sé qué cosas, mientras otras seguían enlodando a Diego diciéndole cosas que yo no lograba descifrar. Tenía a alguien a mi lado agitando desesperadamente mi cuerpo con un rostro de tremenda agonía y un cierto enojo.

Y mi cabeza seguía en blanco, y mi cuerpo sin moverse.

Sólo son recuerdos, todo esto a eso se reduce. Pero qué bellos recuerdos.

Pero estos recuerdos mantienen mi cabeza gris, y mi cuerpo sin moverse. Escucho el murmullo de las llamas, lo observo devorar oxigeno, lo huelo consumiendo la ropa, lo veo moverse con el aire. Pero no hay agua, no hay lodo, no hay tierra que se levante, no hay gente agitando mi cuerpo. Sólo tú, el fuego y yo. Solos nosotros con los recuerdos, solos con esta casa construida especialmente de madera y objetos flamables, solos con mi desmayo. Solo Diego maravillado, observando al fuego moverse sobre mi cuerpo, su mente en blanco, sus oídos escuchando el fuego tronar, murmurar, su nariz oliendo la ropa y la carne quemada, solo él viendo las llamaradas bailar, con su ropa quemada y la mía quemándose, todo en una tarde de cualquiera de octubre de 2010.

Después de desmayarme sólo queda él, murmurando para sí mismo, devorando oxigeno, carcomiendo lo que sea que esté a su alcance. El fuego queda solo.

Después, sólo quedan restos de algo que fue y un humo que complementa la tarde.

Después, sólo son recuerdos.

Chávez

Etiquetado , , , ,

Monedas.

Las 16 monedas que cargo en la bolsa suenan cada que doy un paso. Puede que tenga algo de obsesivo. Siempre guardo en mi pierna derecha toda moneda que cae a mis manos. Dos monedas de dos pesos, nueve de un peso y dos de cincuenta centavos son el total. 14 pesos y una caja.

Suenan 2 de ellas al caerse con un sonido seco y profundo a la vez. Deben de ser dos de un peso. Caen tres más. Tal vez dos de un peso y una de cincuenta centavos, esa suena más ligera que las demás.

Una cascada de monedas se ahogan en la cama en donde me encuentro acostado y exaltan mi sentido de escucha. Salieron todas las que se encontraban en espera a ser usadas para inutilidades, menos una. La consideraré de la suerte.

Mejor no, por momentos se me olvida que no soy supersticioso.

Me gustó el sonido que provocó su rápida y sorda caída.

Me levanto, cruzo las piernas y volteo a mi derecha, observando esa caja que me dice nada y todo a la vez.

Y creer que alguna vez estas monedas fueron el precio de algo. Ahora no son más que el sobrante de un esfuerzo por ahorrar para comprar esa caja que no sé si alguna vez recibirás.

La caja no vale mucho, el contenido sí, pero todo sea por el valor intrínseco de las cosas: que se haga lo que mi simbolismo desea, ojalá alguna vez lo entiendas; ojalá alguna vez lo recibas.

Tomo los catorce pesos que alguna vez se escondieron dentro de mi bolsillo izquierdo. No, derecho, perdón, juego con ellos y veo con un poco de coraje la caja que me ve sin decir nada.

—¿Tú qué, solo esperas?

La caja permanece inmóvil.

—Ojalá algún día te vayas de aquí.

Siempre que hago una compra me pregunto si entenderás lo que quiero decir; lo que quiere decir. Siempre me pregunto si no debería simplemente decirlo, en vez de comprar cosas simbólicas para ti.

La caja permanece inmóvil. No me dice nada. Yo no le digo nada. Nos observamos mutuamente con mirada retadora. Yo quiero que te vayas, tú quieres irte. Me volteo y me pregunto si alguna vez la recibirás, si será de tu agrado. Los catorce pesos me llaman con su tintineo sagrado. Directo a mi bolsillo de nuevo.

Me acuesto. Las monedas caen, primero una, luego de a dos o tres, luego todas menos una. Siempre se queda una, esperando mi mano para salvarla de la soledad de mi
bolsillo. Me levanto y cruzo las piernas. La caja me ve y no me dice nada.

Ojalá algún día la recibas. Ojalá algún día lo comprendas.

Chávez.

Etiquetado , , , ,

Un nuevo comienzo.

Borré todo lo que había escrito.

Iba a hablar algo acerca de la música y cómo se entromete en la mente, pero lo borré.

Sí. Iba a hablar sobre cómo cada vez que escucho una melodía que atrapa mi atención me da una extraña sensación de gusto. Iba a hablar de cómo, al estar oyéndola, voy tratando de adivinar los siguientes sonidos de los instrumentos, las siguientes rimas, deleitándome con su ascendencia y descendencia musical. Iba a hablar sobre cómo después de escuchar la melodía busco el nombre y el artista de la misma. Iba a hablar sobre cómo unas simples notas musicales combinadas con otras simples notas musicales de diferentes instrumentos distraen mis sentidos del mundo real, para sólo escuchar esa bella melodía. Iba a hablar sobre cómo cada vez que me abstrae una canción todo lo que me rodea se vuelve parte de ella misma: mi cerebro se hace el director del video que concordará a la perfección con la melodía; mis ojos se convierten en la cámara de video que graba lo que será aquella serie de imágenes colocadas en los momentos indicados de la canción; mi boca se transforma en voz de la misma melodía; mis manos y pies tocan la batería, la guitarra, el piano o el violín. Iba a hablar sobre cómo, mientras sube el sonido de la melodía, comienzan a generarse los escalofríos que le siguen a esa explosión de notas musicales conjuntas en armonía. Iba a hablar sobre esa satisfacción que provoca el final de la canción, de esa alegría incomprensible por haber deleitado los oídos. Iba a hablar sobre cómo memorizo el nombre y la canción; sobre cómo la repito cantidades enormes de veces en cualquier reproductor musical o en mi memoria; sobre cómo la tarareo sin pensarlo.

Iba a hablar de algo referente a la música. Iba a hablar algo acerca de los sentidos.

Sí, iba a hablar de música.

Pero no. Preferí borrarlo todo, porque no me gustó, porque no le vi atractivo. Volví a comenzar con otra cosa totalmente diferente. Borré todo para escribir lo que escribo en este instante.

Todo lo borré.

Ahora escribo otra cosa. Ahora vuelvo a la hoja en blanco.

Chávez.

Etiquetado , , , ,