Agua de noche

Baja todas las mañanas (a las 2 a.m. para ser exactos) a tomar agua.

Abre el congelador, saca un hielo, gira, da dos pasos hacia la vitrina que contiene los vasos y saca uno —de vidrio—. Pone el hielo en el vaso. Vuelve a girar y saca dos hielos más del congelador, que dejó abierto. Se sirve agua de la jarra que está en la barra desayunadora, a cuatro pasos del lado derecho del congelador.

Espera unos veinte segundos a que el agua se refresque un poco, a veces la agita para acelerar el proceso. Da un trago y se dedica a sentir el agua fresca recorrer su garganta hasta el esófago, donde pierde la sensación.

Se queda admirando su cocina, amenizada con una luz amarillenta. Admira también el silencio. Ojalá siempre estuviera así, se dice. Hoy hay luna llena, así que cree que no habrá mayor problema al regresar a su cuarto en el segundo piso.

Toma valor y se dirige a las escaleras y, en el pasillo antes de ellas, voltea a la derecha, donde se encuentra su sala. Nunca hay nadie, pero él siempre está esperando encontrar a alguien ahí sentado.

Sube las escaleras. Lo empiezan a seguir. Sube al mismo ritmo con el que empezó para aparentar que no tiene miedo. Quien lo sigue se acerca. Sigue su paso. En cualquier momento le tomará el pie y lo tumbará de la escalera, fracturándole un tobillo, o algún otro hueso. Él sigue caminando; no le jala los pies. Se acerca todavía más. Le apretará el cuello para asfixiarlo a medio subir. En cualquier momento le tocará el cuello. Sigue su paso. Nadie lo toca. Dos escalones más. Los sube. Se pausa y se ríe de su miedo. Lo toman por el tobillo y lo jalan escaleras hacia abajo. Trata de evitar que lo arrastren hasta la sala sosteniéndose del barandal, pero no sirve de nada, se vence ante los jalones. Se golpea varias veces la cabeza contra los escalones, dejando pequeñas marcas de sangre en sus orillas.

Está mareado y no logra distinguir nada. El pie del que lo jalaron —el izquierdo— no lo siente, tal vez esté torcido. Lo sientan en el sillón más chico de su sala. Le piden que suba la vista. Algo o alguien se acerca con lentitud mecánica. Su rostro no toma forma, sino que brilla una tenue luz en el lugar donde debería de ir su nariz.

Olvidó apagarlo antes de dormirse. Estira la mano para apagarlo y se pregunta cómo llegó a su cama. Toma un sorbo de agua del vaso que subió consigo y que dejó al lado izquierdo de su cama. Tampoco recuerda cuándo ni cómo lo dejó ahí. Todavía está fresca. Siente el agua bajar a sus entrañas y comienza a sudar, como cada vez que toma agua. El foco lo estaba encandilando.

Prende el ventilador antes de dormirse y por fin apaga la luz que no había apagado.

 

 

 

 

 

Chávez.

Anuncios
Etiquetado , , , , , , , ,

2 pensamientos en “Agua de noche

  1. Emmanuel dice:

    Me encantó tu relato, de la historia que jamás sucedió (aunque yo sé que sí), leí con emoción e interes, quería saber qué más pasaría.
    Recordé al mismo que leía cada espacio de tu casa.
    Muy buen relato del día que te abduscieron.

Opina sobre este relato

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: