Conversación con nadie

Qué importante se vuelve el tiempo mientras uno crece. Parece que cada vez más nos va acechando su concepto esclavizante, hasta el grado de sentirse vaquero esquivando balas apuntadas a los pies, cual película del viejo oeste.
Presionado por un sentimiento de supervivencia a las exigencias del comienzo de una vida adulta, voy apretando las cuerdas tácitas que dividen mis actividades y me acostumbro a un ritmo que lo ajeno me ha impuesto.

Pauso todo. Camino al jardín y me dejo envolver por una noche tan nublada como mis propios pensamientos. Pareciera que mis pies son independientes de mi pensamiento, yo solo me dejo llevar por ellos.
Se frenan en la frontera donde el pasto y el pavimento se encuentran y los recuerdos invaden mi memoria. Camino un poco más y me dejo caer en el pasto, específicamente en una zona donde el alumbrado me da la libertad de ver el cielo nublado sin encandilarme con sus amarillas luces.

Uno debió de haberse quedado en ese momento borroso de la memoria en el que recibió su primer set de carros por parte de su tío, todos rojos, todos de policía, que estaban dentro de una caja gris de tenis Washington.
Uno debió haberse quedado con las manos sobre la banca de cemento en la esquina de la casa de Diego, viendo a detalle las llantas de mis carritos rodar sobre la misma banca. Qué era el tiempo sino el largo momento que duraba mi estadía en la calle hasta que mi mamá me gritara que me metiera a la casa a cenar y dormir.

Uno debió de haberse quedado.

O tal vez debí haberme quedado en ese momento en el que aventaba un balón al cielo, creyendo que los dos pisos de mi casa eran la medida que tenía que superar para que se perdiera en la estratosfera.
O en el momento en el que hice mis primeras dominadas, o cuando metí mi primer gol en la calle, o cuando di mi primer pase de primera para que Roberto le metiera gol al Nene, o cuando hice más de diez dominadas, o cuando hice las porterías de la cancha de siete por cinco del baldío frente a mi casa, o cuando cortamos el pasto para hacer una cancha más grande, o cuando jugaba con el Cholo, el Feyo, el Nene, el Trivilín, Misraím, Pollo, y demás, o cuando me puse de portero por primera vez, o cuando me aventé para salvar el gol por el podríamos haber perdido para después ganar gracias a Roberto, o cuando dominé el balón más de 100 veces, o cuando hice mi primer túnel, o cuando hice mi primera vuelta al mundo, o cuando le hice 5 túneles a Rodrigo después de haber recibido 4 en el transcurso de 3 horas o más, o cuando jugábamos en el pasto donde justo ahora estoy acostado, o en el pasto de las canchas del Viejo Continente, o en las de Verde Valle, o en las de la colonia, o en la calle, o en la escuela, o en mi cuarto, o en mis sueños.

Observo el cielo. Extrañamente se disiparon las nubes. No hay muchas estrellas. Martillean de dentro hacia fuera mi cabeza, no construyendo algo, sino destruyendo mis recuerdos. El pasto se clava en mi espalda. Me levanto y el aire me refresca y mi pulso casi hace explotar mi cabeza. Regresa el mareo, las cuerdas tácitas aprietan mi garganta. Tendré que irme.
¿Y si me quedo? ¿Y si me olvido? ¿Y si el tiempo me secuestra? ¿Y si me regreso a la banqueta donde lloré mi retirada?

Se me acabó el tiempo. Mi llanto será buen alimento para la tierra.

Pareciera que todos vivimos de sueños frustrados. Pero, yo no quiero vivir de sueños frustrados.

Qué importante se vuelve el concepto del tiempo mientras uno crece. Aprieta cuellos con cuerdas tácitas. Un día de estos el tiempo me asfixiará.

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4 pensamientos en “Conversación con nadie

  1. Paco Felisart dice:

    Chavez, no puedo dejar pasar desapercibida tu aventura literaria. En primer lugar, recordarte que lo que haces es valiente y aun si fuera únicamente por ese simple hecho, ya vale la pena. Nunca pierdas de vista por qué escribes, y asegúrate que la respuesta sea satisfactoria para ti al cien por ciento los demás no importamos. Dentro de nuestra rara especie (Lenguas Modernas) creo que la mayoría hemos estado tentandos a escribir, muchos lo hacemos, pero eres el primero que conozco que hace público algo tan íntimo. Y finalmente si me permites, me parece que hay ciertos momentos donde buscas colocar la palabra perfecta y pierde un poco el ritmo la narración y me salta esta palabra “perfecta” más como un tope en una calle donde no hay necesidad, hay momentos en que se escucha tu voz y otros donde pareciera que buscara ser una voz diferente. En fin ánimo y adelante.

    • Muchas gracias por las críticas, Paco, creeme que me encanta que me tiren donde me equivoco, es la única forma en que sabré qué mejorar, así que, si tienes más críticas, las recibo con brazos abiertos. Ahora, al referirte a la “palabra perfecta”, ¿sugieres que escriba con más naturalidad? Por lo que me dices, creo que el hecho es que el texto se siente forzado. Corrígeme si me equivoco, por favor. Sobre las voces, ese es el hecho en sí (creo yo) que quiero dar a entender, la multiplicidad de una persona. Me gustaría que me explicaras un poco más lo de las voces. Gracias por tu comentario, l aprecio mucho, de verdad.

  2. Antonio dice:

    Uf, a mí me atrapó tanto que ni siquiera me he fijado en tu magnífico estilo (en el anterior que leí, sí).
    Una de las maneras de quedarse tal vez sea escribiéndolo.

  3. nulalectura dice:

    Razón de sobra tienes, Antonomásico. Escribir hasta que el tiempo no sea causa de muerte. Muchísimas gracias por leerme, amigo, lo aprecio mucho.

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