Quema al recordar

Sólo son recuerdos. Eso es lo que acaban siendo todos los actos del hombre, los eventos del mundo. Sólo recuerdos.

Pero qué recuerdos. Qué luminosos recuerdos, envueltos en el calor de la compañía, envueltos en llamaradas de sentimientos.

A mí no me gusta recordar. Cuando recuerdo me envuelvo en un humo que no me deja ver claro. Entre ese humo siempre hay un recuerdo que incandesce ante todos. Siempre se me viene a la mente como el momento determinante de mi vida. Siempre está presente.

Alguna noche de octubre de 1996, la calle sin asfaltar de mi casa y una caja de cerillos. Pasto, hojas, varillas y ramas secas: la combinación perfecta para una fogata sin permiso de mis padres, ni de los de Diego.

Era la primera vez que él y yo prendíamos una fogata.

Los cerillos son raros. Mi mamá los usaba para prender la estufa, todo en un movimiento rápido de ambas manos: tan fácil como arrastrar la cabeza por la lija, girar el perno de la estufa y bajar la mano con el cerillo entre dedos, mientras yo veía cómo se formaba esa corona de fuego azul con que me cocinaba su famoso hurvito con atún.  

Como los cerillos, los recuerdos son raros. 

Con un movimiento rígido y lento, prendo el cerillo y, segundos después, siguen en prenderse el pasto, hojas, varillas y ramas secas que ya habíamos recolectado Diego y yo.

Y pensar que sólo fue una pequeña chispa lo que prendió el cerillo; una pequeña chispa lo que prendió su pantalón. Era algo que sólo hoy puedo explicar como una belleza incandescente.

El fuego consumía los gritos y llenaba la calle de sufrimiento. En un abrir y cerrar de ojos, Diego estaba completamente en llamas. Yo sólo veía al fuego flotar unos leves milímetros sobre la ropa que carcomía para después alcanzar más que sólo la superficie de Diego; yo sólo escuchaba al fuego tronar, devorar oxígeno en un sonido oscuro, un leve murmullo que atrapa la atención. Mis ojos registraban cada movimiento de él, mi nariz el olor de más que carne y pasto quemado, mis oídos escuchaban su dulce ronroneo. Y mi cabeza en blanco, y mi cuerpo sin moverse. Diego sólo giraba en el piso, levantando una mínima nube de polvo. Claro, seguía gritando. Qué horrible maravilla. Aquel humo complementaba la noche.

Una gran cantidad de agua llegó flotando al cuerpo de Diego y se dejó caer estrepitosamente sobre él. El lodo que se formó de la tierra y el agua empezó a envolverlo, consumiendo el fuego y apagando la luz de Diego en esa noche cualquiera de octubre de 1996.

Después de que se apagó el fuego, aparecieron varias personas con cubetas de agua, gritando no sé qué cosas, mientras otras seguían enlodando a Diego diciéndole cosas que yo no lograba descifrar. Tenía a alguien a mi lado agitando desesperadamente mi cuerpo con un rostro de tremenda agonía y un cierto enojo.

Y mi cabeza seguía en blanco, y mi cuerpo sin moverse.

Sólo son recuerdos, todo esto a eso se reduce. Pero qué bellos recuerdos.

Pero estos recuerdos mantienen mi cabeza gris, y mi cuerpo sin moverse. Escucho el murmullo de las llamas, lo observo devorar oxigeno, lo huelo consumiendo la ropa, lo veo moverse con el aire. Pero no hay agua, no hay lodo, no hay tierra que se levante, no hay gente agitando mi cuerpo. Sólo tú, el fuego y yo. Solos nosotros con los recuerdos, solos con esta casa construida especialmente de madera y objetos flamables, solos con mi desmayo. Solo Diego maravillado, observando al fuego moverse sobre mi cuerpo, su mente en blanco, sus oídos escuchando el fuego tronar, murmurar, su nariz oliendo la ropa y la carne quemada, solo él viendo las llamaradas bailar, con su ropa quemada y la mía quemándose, todo en una tarde de cualquiera de octubre de 2010.

Después de desmayarme sólo queda él, murmurando para sí mismo, devorando oxigeno, carcomiendo lo que sea que esté a su alcance. El fuego queda solo.

Después, sólo quedan restos de algo que fue y un humo que complementa la tarde.

Después, sólo son recuerdos.

Chávez

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